Leoš Janáček compone su Sinfonietta en 1926, poco después de terminar la ópera El Caso Makropulos y antes de comenzar la Missa Glagolítica. Janáček morirá al año siguiente. En 1926 es un anciano que vive una segunda juventud. A una edad en la que la mayoría de los músicos y escritores están artísticamente muertos o se han convertido en un reflejo o parodia de quienes fueron, Leoš Janáček está escribiendo lo mejor de su producción, sus óperas más originales, sus dos increíblemente vitales cuartetos de cuerda. Entre estas obras que parecen compuestas por un veinteañero durante un acceso febril, destaca una de unos 25 minutos de duración a la que llama Sinfonietta. Un diminutivo que casi es una declaración de principios.
Los tiempos de las composiciones macroorquestales han terminado. La Octava de Mahler (conocida como la Sinfonía de los Mil) o los monumentales Gurrelieder de Schönberg son historia. Los ecos de un romanticismo ya tóxico se han apagado. Los poemas sinfónicos en technicolor de Richard Strauss o las obras de Erich Wolfang Korngold son la excepción, no la regla. La Segunda Escuela de Viena ha recorrido un camino que le ha llevado de un romanticismo en las últimas al atonalismo y luego, al dodecafonismo. En ese caos plural, multiforme, de nuevas composiciones que el público no acaba de aceptar, junto a las que conviven los ecos de un sinfonismo enfermizo, se sitúa esa obra orquestal de Leoš Janáček.
La fanfarria para instrumentos de viento metal y timbales que da inicio a la Sinfonietta es la obertura con la que comienza la novela 1Q84. También la abertura. Sin desvelar nada de la trama, será necesario referirse a este comienzo. Una mujer, Aomame, viaja en taxi a cierto lugar. Se queda atrapada en un atasco. La radio del vehículo está encendida, y a través de ella suena el Allegretto con el que comienza la Sinfonietta. Aomame sabe que el compositor es Leoš Janáček, y no tendría que saberlo, es algo que ella desconocía antes de subir al taxi. Muy sutilmente, algo cambia entonces. En ella y en lo que la rodea. La mujer no sabe qué es. Esa intrada orquestal se convierte en una obertura-abertura para algo diferente de lo que hasta ese momento era 1984.
El primer movimiento de la Sinfonietta es uno de los lazos que unen, como una fuerza invisible, a Aomame y Tengo. Hay un capítulo en el que el hombre escucha en su equipo de música una grabación discográfica de esa misma música (el registro de Seiji Ozawa con la Sinfónica de Chicago). Piensa entonces en lo que le habría gustado poder tocar el timbal en esa obra. No es un capricho. Un percusionista de la Orquesta Nacional de España se despidió del conjunto al que había dedicado su vida tocando la parte del timbal de la Sinfonietta. ¿Por qué?La obra nació por encargo del Festival Gimnástico de Sokol. Se la subtituló militar, aunque poco tiene de la marcialidad de los salves de corneta, ni es una marcha alegre con la que acompañar el paso durante un desfile. Janáček, en los ochenta, está lleno de vida. No ventila el encargo componiendo alguna tonada popular, ni compone un himno. El tono de la Sinfonietta es jovial, pero bajo esa superficie festiva late un pulso interior que convierte a la obra en una de las referencias orquestales de la primera mitad del siglo XX. El insistente ritmo de base desborda energía. La música no tiene dudas. Es radiante, optimista. La fanfarria reaparece en el último movimiento para cerrar la composición junto a las otras secciones de la orquesta (cuerda y viento madera) de una manera tensa e intensa, contundente en su afirmación. La Sinfonietta es bastante más que una alegre sinfonía en miniatura. Es un rotundo sí a la vida.
La obra fue compuesta en 1926. Murakami señala, no casualmente, que 1926 fue en Japón un año de transición hacia la era Shōwa, tras la muerte del emperador Taishō. Fueron unos años oscuros, tan agitados como los que vivió Europa con el auge de los totalitarismos. Aquella realidad política tan monstruosa desembocó, ya lo sabemos, en la II Guerra Mundial, en la que Japón también se vio inmersa. La Sinfonietta de Janacek marca para Murakami un principio y un fin. Una vitalidad que podía haber sido, algo que podría haber ocurrido en otro 1926, si la pesadilla orwelliana no hubiera cobrado forma.
Del mismo modo, en un lugar de Japón, un día de abril de 1984, dentro de un taxi, sucede algo extraordinario. La fanfarria inicial de la Sinfonietta anuncia, otra vez, su positivo manifiesto vital. Y, como en 1926, una sombra se introduce en el curso de la historia y dos caminos se abren. Uno conduce a 1984. El otro, a 1Q84.
