Murakami, 1Q84 (III)


El amor que existe entre Aomame y Tengo, en cierto modo, es medieval. No en cuanto a amor cortés. No es el que siente un activo caballero por la pasiva dama de sus pensamientos. Parece arquetípico y simbólico en cuanto a amor idealizado, puro. Es un amor vivido por dos seres que a lo largo de los Libros 1 y 2 de 1Q84 nunca se encuentran. Ese sentimiento lo mantiene una caricia de manos, algo que sucedió cuando Tengo y Aomame tenían diez años. De alguna manera, el recuerdo de ese roce les lleva a mantener una fidelidad "interior". A lo largo de la novela somos testigos de los encuentros de Aomame y de Tengo. Con otros, no entre ellos. Con extraños. Ninguno de los dos se entrega. Tengo y Aomame viven a la espera de un reencuentro que ninguno de los dos busca. Ninguno realiza algún movimiento que le conduzca al otro.


No les puede la melancolía. No hay una añoranza salvaje. Ni a Aomame ni a Tengo les domina la sensación de pérdida. Existe un vacío que ninguno de los dos sabe explicar. En cierta manera, ambos lo relatan como si hubiera alguna predestinación de la que no pueden huir, sea esta la de encontrarse en algún momento de sus vidas o, como al principio creen, la de no volver a verse.

Lo que llama la atención en la manera de narrar de Murakami este desencuentro (los capítulos de 1Q84 están rígidamente divididos, uno para cada uno de los dos protagonistas, alternándose) es la ausencia de pathos. Sus dos amantes no se arrastran. Viven, un tanto perdidos y abandonados al azar, lo que podría llamarse una lenta muerte erótica. Aomame y Tengo mantienen relaciones circunstanciales de las que poco esperan, salvo anestesiar lo que es instintivo y algo de calor. El apretón de manos cuando eran niños, la mística de un amor idealizado, aparece como un lugar de ensueño. Más que añorarse, más que oír lamentaciones por lo que no pueden tener, el recuerdo de Tengo en Aomame y de Aomame en Tengo posee algo de onírico.

Ambos han decidido apartarse del mundo. Viven en él solo en apariencia. Lo habitan. Pero aunque se hayan entregado a un Amor De Lejos que nada tiene de carnal, la ambivalencia quiere que, paradójicamente, lleven a cabo ese alejamiento entregándose a una fuga en la que son protagonistas sus dos cuerpos. Es significativo a este respecto que, después de una nocturna maratoniana jornada sexual a cuatro, al despertar, Aomame no recuerde casi nada de lo sucedido, y solo perciba la tranquilidad de un cuerpo agotado.

Sin saberlo, los dos protagonistas, como los fieles enamorados de las epopeyas medievales, se están buscando. Como arquetipos, parecen aceptar un destino impuesto desde el exterior. Y como toda leyenda amorosa que de mitológica se precie, parece que esa huida les lleva derechos a un reencuentro que cerrará el círculo y que conducirá, como en tantas simbólicas parejas, a la muerte. Ya veremos. A fin de cuentas, 1Q84 no es 1984.