La Cosa del Pantano: La Consagración de la Primavera




Cuando estudiamos literatura en el instituto, cuando abrimos un suplemento cultural, cuando ojeamos el listado de imprescindibles de un canon, nadie nos advierte que la verdadera poesía -sincera, vital, emocionante; la que se convierte en necesaria, tanto como el aire que respiras- puede hallarse en los lugares más insospechados. Los que se han acercado a la obra del guionista de cómics Alan Moore saben que es cierto.

La Cosa del Pantano nació en 1971 con un planteamiento conocido, en una de sus muchas variantes: un científico transformado en un monstruo. En este caso se trataba de una bestia clorofílica que habitaba los pantanos de Luisianna. Aquel antihéroe verde y deforme, tal vez un primo lejano de los Frankenstein o los Hulk, fue todo un éxito. La serie original del guionista Len Wein y del dibujante Berni Wrightson vivió una segunda temporada once años después de su nacimiento.

Alan Moore se ocupó del guión a partir del nº21 de esa segunda etapa, lo que sucedió al año siguiente, 1983. El guionista de Watchmen convirtió a La Cosa del Pantano en algo diferente, y no solo porque reinventara el personaje principal, atribuyéndole otro origen, otra esencia, otra psicología, otra manera de enfrentarse a lo que era, sino por lo que logró en momentos puntuales de la serie. A pesar de alguna entrega de transición, rutinaria, Alan Moore alcanzó en algunos capítulos lo que podría llamarse -ahora toca abusar de la mística- un estado de gracia. Tal es el caso de The Rite of Spring, historieta que cierra el primero de los tres tomos de la Swamp Thing (etapa Moore) publicada recientemente entre nosotros.

The Rite of Spring, traducido como El rito de la Primavera, tomaba como referencia el tercer ballet escrito por Stravinsky, Le Sacre du Printemps (el título en español, por tanto, debería ser La Consagración de la Primavera, que es como se conoce entre nosotros al homónimo ballet stravinskiano). Alan Moore recurrió de nuevo, unos años más tarde, a Le Sacre du Printemps para algunas secuencias del cómic Lost Girls. En ambos casos, el escritor inglés sublimó -a través del guión y con la colaboración de sus respectivos dibujantes- el erotismo salvaje implícito en la música del compositor ruso.

Es primavera. El hombre planta está mudando su anatomía. Un amasijo de verde y ramas al que se le añaden algunas flores y unos curiosos tubérculos. Abby y la Cosa del Pantano se revelan su mutuo amor. Es grotesco y risible y también hermoso. Y físicamente imposible. La Cosa del Pantano se arranca uno de sus frutos, una parte de sí mismo, y se la ofrece a la mujer. Lo que sucede a partir de entonces, lo que hacen Alan Moore, Stephen Bissette, John Totleben y Tatjana Wood, es pura poesía.

Composición. La historia, primero, se extiende a doble página. La siguiente la vemos como si fueran trozos de un círculo descentrado. A continuación, la narración da un giro de 90º, de manera que, como en un País de las Maravillas en el que todo se vuelve del revés, para seguir lo que le sucede a Abby tenemos que leer el tomo de arriba a abajo, en lugar de izquierda a derecha.

El texto, los dibujos y el color son los de una revelación, una alucinosis, una inmersión en LSD sin probar droga alguna, una comunión del interior con lo que nos rodea, una unión mística (sí, lo sé, otra vez la palabra) entre dos seres, una detención del tiempo, un éxtasis pútrido y glorioso, retorcido y natural, de los que rara vez se encuentran. Una flor de un jardín, el literario, en el que la fragancia auténtica no es tan abundante.