EL OCUPANTE de Sarah Waters




Henry James escribió OTRA VUELTA DE TUERCA como si la novela fuera uno de esos dibujos en blanco y negro en el que pueden verse dos imágenes distintas, según se interprete que lo negro es la figura y lo blanco el fondo, o al revés, buscando la figura en el blanco y rodearla de un fondo negro. Así veremos, por ejemplo, una vieja o una joven, sin que nadie pueda asegurar que una es de verdad y la otra, una ilusión. ¿Hay fantasmas que hacen "cosas malas" con una niña y un niño? ¿Todo está en la imaginación de la institutriz, la narradora, que vive aislada con dos niños y una ama de llaves en una mansión inglesa? ¿Los niños son dos criaturas inocentes o dos fantasmas los han pervertido? ¿Todo está sucediendo o la naturaleza mojigata y los impulsos reprimidos de la institutriz están provocando que ella delire?

Sarah Waters se decanta por ese juego y con esas cartas. La mansión aislada que conoció tiempos mejores. La presencia invisible de "algo" que afecta a los que viven en una casa enorme y antigua. Los dobles sentidos de las palabras, cuando los personajes están atrapados por su buena educación y su sentido de lo correcto. Solo que en EL OCUPANTE es al revés. Con Henry James, solo el narrador veía fantasmas. Con Sarah Waters, todos lo ven (sería más correcto decir "lo sienten"), menos él.




La institutriz de OTRA VUELTA DE TUERCA llega a la conclusión de que los niños le mienten. De que ven lo que ella, pero lo niegan. De que Miles y Flora han caído en una red tejida con paciencia por dos espíritus del más allá sutilmente perversos. En EL OCUPANTE también hay un juego de mentiras, nada inocentes (¿importa que en James los oponentes sean dos niños? ¿La partida es allí más infantil por eso? No), envueltas en buenas palabras y mejores modales, un duelo de intereses que se revela muy lentamente, una maldad que muestra su rostro a pesar del juego del escondite al que, en primer lugar, se presta el narrador.

El doctor Faraday, visitante y cronista de los sucesos que tuvieron lugar en Hundreds Hall, la mansión de la familia Ayres, se empeña en demostrarnos que hizo todo lo que pudo para llevar un poco de luz a la casa de campo venida a menos, que trató de compensar, con su naturaleza de hombre de ciencia razonable y objetivo, las impresiones o intuiciones oscuras que tenían los habitantes del caserón medio en ruinas en el que transcurre la novela. Personaje de apariencia gris y aburrida, el doctor Faraday, un buen hombre en el peor sentido de la expresión, a veces cargante, a veces tedioso, se nombró a sí mismo protector de los Ayres. Aunque al principio no entendemos la razón por la que se disfraza de caballero, poco a poco lo descubriremos. Quizá a su pesar. Quizá de una manera inconsciente.

El doctor Faraday, como la institutriz de James -ahí Sarah Waters sabe jugar sus cartas- tiene también dos lecturas. Y ahí está también la grandeza de la novela. En EL OCUPANTE no hay niños, como en James, pero cuenta con un niño-hombre, visibles ambos según se fije el lector en el blanco o en el negro del contorno: el doctor Faraday niño, un tipo ingenuo, como le recriminan con displicencia, un apocado Van Helsing en un mundo fantasmagórico; y el doctor Faraday adulto, el médico que participa en el juego de las mansiones encantadas, el hombre serio que, como persona madura, se arroga el derecho a sacar a los muertos de la ecuación y hacer estallar con un dedo las frágiles burbujas de colores.

La mera exposición del argumento no dice mucho. Casi nada. Hay demasiadas mansiones con fantasma incluido en el lote puestas a la venta. Lo que diferencia a Henry James de los demás es el sentido equívoco, la imposibilidad de certificar que una de las dos posibilidades es la correcta, la sensación de partida acabada en tablas cuando a lo que se aspira es a diferenciar lo que es real de lo que no. EL OCUPANTE no habla solo de fantasmas y de alucinaciones, de espíritus malignos y de pulsiones escondidas, no calca la propuesta de UNA VUELTA DE TUERCA. Existe una ambigüedad constante entre la interpretación psicopatológica de la realidad y las interferencias de lo que se sitúa en un hipotético más allá, pero la novela de Sarah Waters se decanta finalmente por otro juego: uno de cajas chinas.

Cada pequeña y nueva muñeca revela un insospechado rasgo de carácter de alguno de sus dos, a la postre, principales protagonistas. Una VUELTA DE TUERCA enfrentaba a la institutriz con Quinn, el más perverso de los dos supuestos fantasmas. También EL OCUPANTE deriva hacia el ajedrez, con Caroline, la hija de la señora Ayres, a un lado del tablero y el doctor Faraday en el otro. Blancas y negras jugando con las pulsiones, no solo con las violentas, también con las sexuales. El resto de personajes -de manera más dramática en James, ya que quienes estaban en juego y quienes lo pagaban eran los niños- podrían considerarse peones.