
Ya le pasó a Woody Allen. El hombre que había escrito y dirigido Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Manhattan, Zelig o Maridos y mujeres se transformó en el zombi sin identidad que firmaba la autoría de Vicky Cristina Barcelona, Match Point o Scoop.
Nadie se acercó a Mario Vargas Llosa para advertirle que la autocomplacencia puede llegar, incluso, a constituir un delito. En ese caso no hubo algún simbólico rendimiento de cuentas ante sus lectores. El autor de La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perros o Conversaciones en la catedral se quedó sin evaluadores o auditores internos que se atrevieran a decirle o se hubieran dado cuenta de que Travesuras de la niña mala era un petardo.
Tampoco hay quien se explique cómo y en qué carretera secundaria se perdió Antonio Muñoz Molina, cuándo el jienense se confundió y creyó que la ciudad era una selva sin indicaciones, en qué momento el autor de Sefarad o El jinete polaco implosionó y, por dentro, se convirtió en un retrato de Dorian Gray. Últimos ejemplos. El correveidile costumbrista titulado El viento de la luna y otra, sí, otra novela en rancio estilo decimonónico sobre la guerra-civil-española (ya no se la puede mencionar empleando las mayúsculas; tal vez sirva GCE, para abreviar y entendernos), a la que se la conoce como La noche de los tiempos.
Ha salido la metáfora de perderse en una selva. Es un error mencionar la jungla. No por lo manido de la comparación, sino por lo inapropiado de la misma. El coronel Kurtz, completamente avionado, roto, dentro de un delirio laberíntico, en el horror. Pues no es eso. La realidad se parece más al cómic Obelix y Compañía. Cayo Coyuntural le explicaba al César cómo podía convertir a los galos en débiles y decadentes. Mira en torno tuyo, oh, César. La siguiente viñeta mostraba a seis miembros de su consejo, antes jóvenes y llenos de vida, convertidos en una pandilla burocrática, ociosa, conformada, obesa.
¿Pandilla burocrática y ociosa? ¿Es para tanto? A fin de cuentas, las cifras les acompañan, están de su parte. Los libros venden. Ahí están, en los primeros puestos de las lista. Al lado de Ken Follet. Y, oye, mira, las últimas pelis de Allen han recaudado más que las primeras.
Auster, Paul Auster, mi bienamado Auster, que tan buenos ratos me hiciste pasar. Paul, mi Paul, al que leí y releí. Concesión del Premio Príncipe de Asturias y bombo mediático cuando ya estabas de vuelta. Mucho tiempo después de que hubieras escrito Leviatán, La música del azar y El país de las últimas cosas. Demasiado tiempo después de que te encerraras en un apartamento de Nueva York con libros, muchas cajas y una máquina de escribir y te dedicaras a la escritura por la mañana y a la lectura y a los paseos urbanos por la tarde y parieras Trilogía de Nueva York, una novela que son tres y que aún me persigue, una de las obras literarias que más me ha impactado, una historia cruzada que leí y volví a leer y releí de nuevo, un juego metaliterario en el que me perdí durante semanas y me llevó a anotar en un cuaderno quién era quién en cada una de las tres partes, quiénes cambiaban de nombre en cada uno de los segmento de aquel tapiz y a soñar varias veces con un hombre que renunciaba a todo y vivía en cartones.
Tú no, Paul. Por qué tú. Lo de Vargas Llosa y Muñoz Molina, para ser sinceros, apenas me duele. Y Allen parece que está remontando el vuelo. Pero tú. Paul, tú y tus libros me acompañasteis al final de la veintena y durante la treintena. ¿No te emociona este discurso, ahora que me estoy poniendo dramático? Un hombre en la oscuridad, Viajes por el Scriptorium, Sunset Park. Lo siento, Paul. Pero la verdad, Paul, aunque ni me conozcas, ni te enteres, ni te importe lo que yo opine y escriba, es que me duelen tus últimos libros.
