Presentación del Oso (Mislata, 13.11.11)





TRÍO

El libro del Hombre Oso forma parte de un trío de novelas. Trío, no trilogía. Su lectura es independiente. Los personajes empiezan y terminan en cada una de las entregas y los hilos que unen las tres narraciones son muy delgados. Los otros dos libros a los que me estoy refiriendo son Mobymelville y La Sonrisa de los Muertos.

¿Qué tienen en común? ¿Por qué son tres y forman algo juntos?

Hay una escritura de género que bebe directamente de la tradición. Recrea las fuentes originales. Respeta las reglas establecidas de los mitos, de los monstruos, de sus hábitos. Reparte las fichas y juega siguiendo las normas. Ninguna de estas tres novelas forma parte de esa práctica literaria.

Como si fueran capítulos independientes de alguno de los recopilatorios bestiarios medievales, cada una de las tres tiene como referente un animal y un mito.
Los tres animales son la ballena, el oso y el hombre.
Las tres figuras en la que esos animales se transmutan son la Ballena Blanca (Moby Dick), el hombre oso (remedo del hombre lobo) y el zombi.
Pero ni la Ballena Blanca tiene directamente que ver con su homónima melvilleana, ni el hombre oso es hermano del hombre lobo, ni tampoco el zombi de La Sonrisa de los Muertos tiene que ver con el clásico zombi de Romero. Casi son lo opuesto. Me parece que habría que referirse a un anti-Moby Dick, un anti-hombre lobo y un anti-zombi.

En el primer caso, Mobymelville, la narración parodia el estilo a veces grandilocuente y decimonónico de la novela Moby Dick de Hermann Melville. También imita sus continuas digresiones, sus saltos, los cambios en el punto de vista, los diferentes narradores. Mobymelville traiciona a Melville, y lo hace extendiéndose, yendo más allá. Continúa la senda ya trazada, por así decirlo, pero cambiando el color y el grosor de la línea y retorciéndola.

La Sonrisa de los Muertos conspira contra el zombi de otra manera: transformándose en su opuesto. Hombres que se comportan como zombis. Zombis con apariencia de hombres. Nada de torpeza, de ausencia de actividad cerebral, de robotización carnívora. Al contrario: agilidad, inteligencia, sofisticación, humanización. Zombis más humanos que los propios humanos. Y entre ellos, todo un zoológico de caracteres: exquisitos gourmets de la carne comparten escenario con los más escrupulosos; pobres diablos al lado de personajes que ejercen el poder en la sombra. La línea, por seguir con el ejemplo anterior, no se prolonga: va en dirección contraria.

El libro del Hombre Oso, la novela que nos ocupa, busca una tercera vía: la línea, aquí, camina paralela a la original (debe entenderse que estas líneas que utilizo como ejemplos no pretenden redefinir géneros, ni aspiran a separar lo real de lo fantástico: antes que nada, son literarias o metaliterarias). La traición al hombre lobo, en este caso, consiste en recrear un mito paralelo, una historia paralela, una literatura de ficción paralela, una filmografía paralela.

Luego, cuando se ha terminado, toca desmontar el escenario, hacerlo saltar por los aires. Levantar con cuidado un castillo de naipes y no perderse el placer último de soplar y echarlo abajo.








MITO. HISTORIA.

Esta presentación ha comenzado recordando que hay un tipo de narración que es fiel a la tradición y a las reglas de los géneros. Ahí se encuadran las historias que respetan la imaginería -más la cinematográfica que la literaria- del hombre lobo. La relación entre las transformaciones y los ciclos lunares o la sensibilidad de la bestia a la plata son características definitorias, aceptadas en la mayoría de las narraciones como si fueran tan biológicas como las de los animales de los zoológicos.

El hombre lobo es la variante más conocida de la zoantropía, pero no la única en la que el hombre libera al animal que lleva dentro de él. La mitología y el folklore han dejado constancia de transformaciones de hombre en buey, cabra, toro, liebre, gato, perro, gallo o cuervo. El paradigma, desde el medievo, es el lobo. Y este fue el referente para crear al oso.

Presente en la iconografía religiosa, considerado una bestia satánica, tan perseguido como las brujas, el hombre lobo fue más que un símbolo.
La medicina siguió a pies juntillas, como si de leyes intocables se tratara, los conocimientos recogidos en el Paradigma Galénico Tradicional. Siglos y siglos de oscurantismo durante los cuales la observación y los estudios anatómicos y fisiológicos se consideraron relacionados con el Maligno. Una ciencia médica detenida en el tiempo, en la que la religión se sumó a lo que describían los libros de griegos y romanos. Siglos y siglos de aceptación, de nunca cuestionarse la veracidad de las mutaciones fantásticas. Al hombre lobo se le temió como al diablo. Se le persiguió con cacerías. Se le juzgó y condenó como a las brujas.

Cervantes escribió en Persiles y Sigismunda acerca de lo que los médicos de la época llamaban Manía Lupina: hombres que se transformaban en lobos, se juntaban en manadas, se escondían en los bosques, atacaban a animales y personas y comían carne cruda.

Con el renacimiento llegó la luz, pero incluso entonces se siguió describiendo la transformación en lobo como un estado de alienación transitoria, tras el cual el hombre recuperaba su primitiva forma humana.

La consideración del hombre lobo como un ente físico real alcanzó incluso al siglo XVIII. Algunos estudios naturalistas incluían en sus tratados descripciones de hombres que se ponían a cuatro patas, les crecía el pelo y se ponían a aullar.

La bibliografía de la época acerca de los licántropos es amplia. Incluye multitud de tratados franceses, alemanes y anglosajones. El registro de los procesos llevados a cabo contra los hombres lobo también lo es (se tiene constancia de más de 30.000 denuncias contra supuestos hombres lobo en los años que fueron de 1520 a 1630). Sin embargo, su presencia en la literatura es más tardía. Hay que esperar hasta finales del XVIII para encontrar los primeros relatos y al XIX y al XX para que las historias de hombres lobo eclosionen.



BESTIARIO PARALELO

La novela El Libro del Hombre Oso parte de esta mitología e historia que rodea al hombre lobo para recrear, de manera paralela, otra transformación. El Libro del Hombre Oso parte de esa premisa: describe un mundo en el que el mito del oso comparte protagonismo con el del lobo. La documentación que existe sobre el hombre oso es tan veraz, rigurosa en lo histórico y en las fuentes, como la del hombre lobo. No tan amplia, porque la variante zoantrópica del oso, afortunadamente, es más rara. ¿Por qué afortunadamente? Porque, según recoge la mencionada bibliografía, la devastación (horrible, extensa) que provocan los hombres oso nada tiene que ver con la (minúscula, particular) de sus homónimos lobos.

Daeyna, una ciudad costera española, es el lugar en el que transcurre la acción y en la que se sitúan sus protagonistas. Un suceso muy perturbador, la desaparición de los niños de una clase de preescolar durante la excursión que llevaban a cabo con dos profesores en la presa hidráulica del Macizo de los Montes, llevará a un hombre a iniciar una búsqueda que apunta hacia esa (a priori, estrambótica, demencial, mitológica, fantástica) dirección.

La parte supuestamente documental de la novela recoge el estudio de un caso en particular, el del juicio que tuvo lugar en Luzamon —una pequeña localidad pirenaica del XVI hoy desaparecida— contra un hombre acusado de transformarse en oso. Y de esa manera sembró el pánico en aquella comunidad, haciendo desaparecer uno a uno a los niños. Este punto de origen, casi el de un cuento infantil, dio paso a una demencial pesadilla.

Se hace referencia también a la Quirisopedia, la principal fuente de conocimiento del hombre oso, una obra que formó parte de ese mencionado Paradigma Galénico que perduró durante siglos. Quirísofo recogió en él lo que hasta entonces se sabía de la bestia. El cronista romano describió también su encuentro con un hombre oso durante la campaña que Julio el Braco llevó a cabo en la entonces romana Daeyna. De nuevo, como en Luzamon, aquel encuentro degeneró en algo monstruoso.

Este viaje a medio camino entre la alucinación y lo bibliográfico nos llevará también al medievo, a leer lo de la extraña epidemia que asoló Daeyna entonces. Tristán, un profesor de secundaria, casado y con un hijo, jugará el papel de improvisado investigador y recopilador de todo este material.









COLLAGE

Esa parte histórica o documental de la novela está narrada de una manera convencional. Se corresponde con los apuntes ortodoxos del protagonista y forma parte de un collage más amplio.
A la crónica de los hechos que podrían formar parte de una novela histórica, se añade una segunda narración. Con un estilo seco, económico, también plástico, El libro del Hombre Oso cuenta la historia de los niños desaparecidos en el Macizo de los Montes, de lo que le sucede a Tristán y a su familia y de unos extraños crímenes que tienen entonces lugar en Daeyna.

Un tercer elemento lo forman fragmentos de una novela, redactada con una prosa anticuada, que estaba escribiendo el protagonista: la historia del caballero Tristán de Leonís lejos de la corte de Cornualles, donde traicionó al rey al convertirse en amante de la reina Isolda. En esa Daeyna de comienzos del XXI, la leyenda de Tristán e Isolda incluía un nuevo capítulo. Tristán de Leonís se adentrará en un universo diferente, alucinatorio, un laberinto del que resulta difícil encontrar la salida.

Para acabar de terminar el puzzle, junto a los elementos de novela histórica (el universo que rodea al Hombre Oso), novela negra (los crímenes de Daeyna, la desaparición de los niños) y literatura medieval (Tristán de Leonís), la recopilación del hombre oso incluye otros dos elementos: apuntes biográficos del narrador, en primera persona, y unas muestras de su álbum de fotografías.

La secuencias son cortas, con un ritmo casi cinematográfico. Unas voces y otras van tejiendo una trama que crece y confluye con relativa rapidez hacia un clímax.







EL SALTO

Llegados a este punto —a lo que parece un final situado con demasiada anticipación, cuando se llevan recorridos solo dos tercios de la novela—, tiene lugar el verdadero salto.

El último tercio del libro pasa el relevo a un segundo narrador: un bestiario. Este protagonista, recopilador del material ofrecido hasta entonces y artífice de la narración en primera persona que sigue a continuación, advierte antes de las dos opciones que el lector tiene.

La primera es cerrar el libro y quedarse con una historia que aún puede permanecer dentro de los márgenes de lo cotidiano. En ese caso, los sucesos que se salgan de lo corriente tendrán el mismo significado que tienen entre nosotros los hombres lobo: mitología, pensamiento mágico, ficción.

La segunda posibilidad es continuar. Llegar hasta el final. Abrir una puerta que ya no podrá a cerrarse. Conocer la verdadera naturaleza del hombre oso. Para el lector que se adentre en esa segunda parte de la historia, desaparecerá cualquier vestigio del homónimo lobezno. Lo que se leyó antes de llegar a ese punto, los dos primeros tercios de la novela, parecerán una simple introducción, un largo prólogo tras el cual se desvelarán unas nuevas e inesperadas reglas, una nueva anatomía, una diferente fisiología, un cosmos diferente, organizado de otra manera.

El reverso del oso, su oponente, el cazador, su particular Van Helsing, el bestiario, será el que nos enseñe no solo la otra cara de la moneda, sino todo lo que permanecía escondido debajo de la costra que tapaba una repulsiva herida que antes no tenía tan mal aspecto.

Ciclos de nacimiento y muerte, de aprendizaje, de metamorfosis, que no atañen solo al hombre que se transforma en oso. También a quien lo persigue.







FOTOGRÁFÍAS

Uno de los elementos más llamativos de la novela son las fotografías en blanco y negro que, cada cierto número de páginas, ocupan la de la izquierda. Están presentes durante la primera parte de la narración, titulada, precisamente, El libro y las fotografías del Hombre Oso.

Tratan de contribuir a definir la personalidad de Tristán, el primer narrador y a delimitar el mundo en el que este se mueve. Forman parte del calidoscopio integrado por sus escritos de ficción, sus investigaciones y sus apuntes autobiográficos.

También intentan enriquecer la lectura. Juegan con el lector. Sugieren (más que subrayan). Forman parte del clima, del color y de los tonos sombríos de la historia. La labor realizada por Thyzzar, en este sentido, ha resultado ejemplar.

Barajamos inicialmente tres posibilidades, tres álbumes de fotografías.

Para una primera opción “de fidelidad” íbamos a emplear imágenes de los niños, de la presa hidráulica, de las afueras de la imaginaria Daeyna, de los supuestos hombres oso, etc. Thyzzar sugirió descartarla, creo que con acierto. Habríamos hecho del libro una fotonovela.

La segunda posibilidad era más sugerente que directa. Fotografías de la devastación, de los lugares por los que pasó el oso. Casas parcialmente derruidas, mobiliario roto, trozos de cristal, suelos encharcados, cosas así. También las descartamos.

El trabajo que finalmente pasó a formar parte del libro juega con las dos caras del oso manejadas en la novela. Por un lado, la culta e histórica: la de las referencias bibliográficas y artísticas del hombre oso, las de los monstruos retratados en esculturas antiguas y en las fachadas de algunas catedrales. Por otro, la cara destructiva, la de la oscuridad, la de las sombras que aparecen en esas cabezas esculpidas o pintadas.

De una manera tímida, las imágenes ya aparecían en el anterior libro, Mobymelville. Estaban presentes en forma de caligramas (como en los nombres de las estrellas del capítulo tres o en el juego con los puntos suspensivos al final de la novela) y en la imagen de la Ballena Blanca que, machaconamente, anuncia cada capítulo. En El libro del Hombre Oso las imágenes juegan un papel mucho más activo, integrándose en la narración. Las fotografías quieren ser un complemento, un refuerzo de la inquietud que se busca. Se trata de provocar al lector, que las asocie libremente con lo que lee.







LEER

Después de todo lo anterior, se podría llegar a la conclusión de que el trío de novelas, o el Oso en concreto, son ejercicios formales, otro experimento de los que los cementerios literarios andan llenos. No tengo bola de cristal para saber qué quedará de esto, si es que queda algo, pero aunque he hablado de un anti-Moby Dick, un anti-hombre lobo y un anti-zombi, no traté de buscar la provocación por la provocación, ni el objetivo fue intentar ser original a cualquier precio. Antes que nada, el Oso es una historia y aspira a tender un puente con el lector.

Vestirse con las ropas que llevó puestas Allan Poe o surcar el mar en veleros que sean reproducciones de aquellos en los que navegó Melville pueden tener su encanto, su punto de diversión. Probablemente resulten extravagantes o ineficaces para desenvolverse hoy con ellos. Esto podría ser un motivo de debate interesante. Otros siguen, y seguirán, las reglas del juego. Nada tengo en contra, pero al Oso le costaba amoldarse, así que no le puse la camisa de fuerza.

Nada estaba trazado cuando empecé a escribirlo. Como la anterior novela, Mobymelville, el Oso trató de ser otra canción más a favor de la imaginación en la literatura, del poder y libertad de la inventiva. La manera de contar y la historia debían marcar el paso, plegándose a la convención de los géneros (terror, histórico, fantasía, ciencia ficción, el que fuera) si le convenía, o parodiándolos, o saltándoselos si parecía lo apropiado.

Lo único que no cambió fue la gasolina del barco: siempre fue metaliteraria.

El Libro del Hombre Oso se escribió al revés. Primero el final. Luego el penúltimo capítulo. Luego el antepenúltimo. Se dejó para el final el material que parece más real, histórico, riguroso. No es casual el orden: el origen del Oso fue un sueño.

La elaboración del texto fue de lo onírico a lo cotidiano, pero al lector el viaje se le ofrece al revés: del día a la noche. Al entrar, le parecerá que ha aterrizado en un mundo de apariencia tan ordenada como el suyo (el sentido común se rige por la física de lo grande, no de lo pequeño; y, además, el inconsciente siempre intenta que todo nos resulte digerible), pero al salir la sensación será otra.

Habrá lectores que aplaudan la primera parte y lamenten el rumbo que toma la segunda. Otros, en cambio, opinarán que solo al final es cuando verdaderamente el libro se anima. Me gusta creer que habrá lectores para ambas.







BIBLIOGRAFÍA

Anónimo: Bestiario medieval. Traduccción y edición de Ignacio Malaxecheverría. Siruela, Colección Biblioteca Medieval, 2. ISBN: 9788478444557

Antología VVAA: Los hombres lobo. Traducción de Francisco Torres Oliver. Introducción y edición de Juan Antonio Molina Foix. Siruela, Colección Bolsillo, 54. ISBN: 9788478446193

Sabine Baring-Gould: El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible. Traducción de Marta Torres. Valdemar, Colección Gótica, 54. ISBN: 8477024855

Daniel Pérez Navarro: Mobymelville. Grupo Editorial Ajec, Colección Albemuth, 24. ISBN: 9788496013568

Daniel Pérez Navarro: La Sonrisa de los Muertos. Viaje a Bizancio Ediciones, Colección Clatter, 5. ISBN: 9788493727277

Daniel Pérez Navarro: El libro del Hombre Oso. Grupo Editorial Ajec, Colección Tangentes, 5. ISBN: 9788415156383

Fotografías: Thyzzar