
Félix J. Palma, el autor de la novela La hormiga que quiso ser astronauta, ha comentado que ha sido a partir del éxito de El mapa del tiempo cuando puede decir que tiene lectores anónimos. Esos que te encuentras en el metro leyendo un libro tuyo. Los que te escriben cartas. Y los que no lo hacen, aquellos que te leen y a los que eres incapaz de ponerles un rostro.
Uno de los efectos colaterales de la explosión mediática que ha tenido El mapa del tiempo ha sido la oportuna/oportunista recuperación por parte de Bibliópolis de una novela anterior de Palma, la de la mencionada hormiga con ganas de visitar las estrellas. Sin embargo, a la hora de acompañar este texto, he escogido la portada de la primera edición, perteneciente a la colección Marejada Narrativa de la modesta Quorum Libros Editores del año 2000. ¿Y por qué? Pues para llevarle la contraria al autor. Sí, Félix el cuentista, Félix el de las salamandras, Félix el arácnido, Félix el repartidor de pizzas sin anchoas, tenía lectores anónimos. Alguien más aparte de sus amigos, familiares y conocidos compró un ejemplar de la primera edición de La hormiga que quiso ser astronauta. Supongo que soy uno de los que se sitúan en un megaconcierto en primera fila y les grita a los del grupo: eh, tíos, yo os quería cuando estos no sabían que existíais.
Esta rememoración de los comienzos, de las primeras publicaciones de tiradas cortas, tiene para mí algo de sentimental. Pero el motivo por el que traigo a colación el recuerdo de ese señor con armadura que sale del mar y a la chica en ropa interior no es la belleza de la portada del libro (no es mi tipo; ese diseño, quiero decir). Sostengo una opinión minoritaria: la primeriza Hormiga me gusta más que el exitoso Mapa del tiempo. Sin desmerecer por eso al libro posterior. Cuestión de gustos. Cuestión de sensibilidad. O falta de ella, no lo sé.
El humor con el que Palma describe la juventud, las primeras relaciones de pareja y el salto a lo que llaman madurez es muy peculiar. Irónico, a veces cáustico, y casi siempre compasivo. El elemento fantástico al servicio de la narración, y no al revés. Su muy personal e inimitable prosa, que condenaría al ridículo a quien intentara plagiarla. La sorpresa detrás de cada página.
Ignoro si la Hormiga es una novela perfecta. Tengo la suerte de no practicar la crítica. Esto, que parece una reseña, no lo es. Solo puedo decir que merece la pena leer cada una de las páginas. Sus personajes tienen piel y carne y hacen reír. La confusión y el arrobamiento de los primeros amores están muy bien reflejados. Todo el que ha sido joven y ha vivido la década de los ochenta se lo va a pasar como los indios.
Hay frases hechas para las obras primerizas: que si el autor quiso contar demasiadas cosas, que si apunta maneras pero las tiene que pulir, etecé. La Hormiga de Palma sería entonces algo parecido a un gazpacho de historietas amorosas entretejidas con gracia. ¿Y qué, si fuera solo eso? La diversión está garantizada, pero la Hormiga es más que eso. Hay quienes han mencionado referentes del cine con los que la Hormiga comparte cosas. El carácter excéntrico y soñador de Amèlie, fotomatones incluidos; la esquizofrénica partición del protagonista de El club de la lucha en un tipo pusilánime y un alter ego que reparte para todos; La ciencia del sueño y sus perturbadoras ensoñaciones que interfieren con la realidad. Esta última referencia fílmica puede servir para aquellos que consideran que la Hormiga es literatura surrealista. No estoy tan seguro. Sé que la historia está contada desde el peculiar punto de vista de alguien que sale a conquistar el mundo con una armadura, pero en tal caso el Quijote es otro delirio.
Ya acabo, con el tema de las ediciones. La primitiva de Quorum Libros Editores es privilegio de los palmianos de pro, entre los que orgullosamente me cuento. Quienes se unan a nosotros a través de la nueva y presentable tirada serán bienvenidos. Y ya me contarán si se suman también o no a un grupo del que me nombro gurú: Me gusta más la Hormiga que el Mapa. Que nadie lo cree en facebook sin consultarme antes o nombrarme socio de honor.